Lo que más temía en la vida, era el rechazo. Su vida se había visto condicionada desde pequeño por esta situación, intentando agradar a todo el mundo, aceptando situaciones y dichos, que ante otras circunstancias, no habría permitido. Era el menor de cinco hermanos, poco tiempo les quedaba a sus padres, entre sus trabajos, la casa y la organización familiar, para prestarle la debida atención, o la atención que hubiera deseado tener. La sensación de desafecto, generó en él una baja autoestima, que lo llevaba a mimetizarse con el resto de la humanidad, perdiendo la noción de quién era ni cuales eran sus principios, solo deseaba agradar y sentirse amado, algo que le generaba mucha ansiedad, por lo que comía en exceso y fumaba.
Siguiendo la tradición de sus padres, iba todos los domingos a misa, no porque tuviera una profunda fe en Dios o la iglesia, sino por no contrariar el mandato social; solo debía hacerlo. Un domingo, se sorprendió al ver al nuevo cura designado, ya que Don Alfonso, debía retirarse ya con sus 75 años. Fue una bonita ceremonia, entre la despedida del antiguo, y la bienvenida del nuevo. Al terminar, todo el barrio celebró este acontecimiento, con una estupenda comida, en la cual, cada feligrés, se encargó de preparar su mejor plato. Entre risas y charlas, pasaron un grato momento. Pedro tuvo la oportunidad de conocer a su nuevo párroco, llamado Francisco, y entablar una cálida charla. Era un joven encantador de 36 años, lleno de ilusiones, deseoso de participar inmediatamente en la vida de su nueva parroquia. No se si por su juventud, su porte, o por la fuerza que desplegaba, Pedro se sintió cautivado; sin saberlo, o sin ser consciente de ello, lo que admiraba de él, era precisamente lo que a Pedro le faltaba, determinación, alegría, ímpetu e independencia.
Poco a poco, Pedro se fue comprometiendo en los proyectos de la parroquia, colaborando en las comuniones, dando charlas a los más pequeños, hasta se encargó de ultimar todos los detalles para hacer una acampada, con los niños de catequesis, en el bosque junto al río. Cuanto más participaba, mas feliz se sentía. La cercanía con Francisco, le aportaba serenidad, se sentía útil y apreciado; en su presencia, Pedro podía ser él mismo.
Su matrimonio, era uno más en los que la rutina, esfumó la pasión, dejando paso a un cariño amistoso, donde el sexo se limitaba a algún encuentro esporádico. Con tal de no discutir, ni oír reproches, Pedro consentía los mandatos de su mujer, creyendo hacer lo correcto, pero la presencia de Francisco en su vida, fue motivando poco a poco, un cambio en sus actitudes, un darse cuenta, de que el camino recorrido, no era el que él hubiera deseado. A partir de este cambio, vinieron los enfrentamientos y las discusiones, un tira y afloje, un ejercicio de poder, del poder que ella iba perdiendo sobre él, y el que él iba ganando día a día sobre si mismo.
Un día la discusión fue insostenible, y dando un portazo, Pedro salió de su casa, harto de tanto soportar, y en su ira, sabía con quién debía hablar, quién lo reconfortaría.
Francisco al verle la cara, supo que algo andaba mal, y Pedro, al momento de verlo, se echó a llorar, por lo que instintivamente se fundieron en un abrazo. Francisco intento calmarlo, acompañándolo en el silencio, le dijo que se sentara, sacó un pañuelo de su bolsillo, y lo ayudo a secarse las lágrimas; le preparó un té de crema especial, que a Pedro le supo a gloria. Francisco lo cogió de la mano, y sin saber ni como ni por qué, solo respondiendo a su mutuo deseo, se besaron tiernamente, como quien saborea un melón en su punto.
martes 12 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada